miércoles, 8 de octubre de 2014

vecino

hoy me acordé del vecino
de cuando se le acumulaban cartas /
en la puerta del frente como pianos


mi vecino no abría puertas ni cartas porque
tenía amontonadas todas las tristezas /
en la punta de los dedos
le dolían las cartas y las teclas /
de los pianos
lo hacían llorar
sentía que algo lo quemaba
y no sabía si era la nieve
o el fuego así /
había quedado desarmado

los demás vecinos por demás
de inútiles pensaban que estaba muerto
cuando en realidad estaba
triste
entonces cuando efectivamente perdió /
el cuerpo nadie se dio /
cuenta

me acordé de la punta de los dedos /
de mi vecino porque me acordé
de su hijo que
era mi amigo y también
mi vecino
y un día desapareció
y nos dejó
a todos aturdidos

me acordé del dolor de su padre
y parecía que era mío
y me dolía la punta del dedo
índice
y empecé a señalar piedras

hasta que me dormí
y en el sueño ellos se reían

jueves, 22 de mayo de 2014

Los Paragüeros

Estos últimos días de lluvia en Rosario, despertaron después de un largo tiempo, el instinto asesino de los paragüeros. Los paragüeros no son aquellos que venden paraguas, sino los verdugos que los usan. Los paragüeros son precavidos, previsores, cautos, piensan, luego existen, y están siempre preparados para lo peor, su némesis, la lluvia. La lluvia para un paragüero es como la cryptonita para Superman, es inconcebible la idea de cuatro gotas de agua sobre su atuendo.  Y ante la menor nube, que supera una gama específica de un gris tormenta, desenfundan cual sable, el paraguas asesino.
Los paragüeros, son esos que salen de sus casas como Mary Poppins, debajo de esos paraguas demoníacos, y luego transitan las patéticas veredas de la ciudad a puro paraguas, extendido de punta a punta de la acera, con sus reforzadas puntas de metal, afiladas como cuchillos que hieren el aire. Y entonces  se producen los más horrorosos hechos de tortura y barbarie en la vía pública, y nadie hace nada.
Entre entendidos paragüeros, prevalecer del lado opuesto a la calle al momento de encontrarse de frente con otro, es fundamental, de vida o muerte, con el objeto de obtener también refugio en los aleros y techos que ofrece gratuitamente la ciudad. Esto no sería tan grave, si la desesperación por permanecer secos, no dejara heridos por las calles, porque vale aclarar, que los paragüeros, en el afán de huir pavorosamente de la lluvia pierden el sentido de la dimensión que ocupan ellos y sus paraguas. Y ahí vienen los problemas, por ejemplo, quedan trabados en las puertas de entrada de los comercios, no calculan adecuadamente el espacio entre la pared y los postes de la vereda y los vértices se clavan como lanzas en las paredes, y ellos siguen, hasta que el brazo con el que sostienen el paraguas les gira ciento ochenta grados y están a punto de quebrarse, entonces reparan en este detalle y vuelven sobre sus pasos, iracundos, a tratar de desclavar las puntas o cerrar el paraguas para poder seguir, mientras bloquean el paso a otros paragüeros que vienen detrás e intentan ganar a toda costa, el lado de los aleros.
Pero lo más trágico de todo este asunto, no son las peleas entre paragüeros parecidas a las de caballeros con espadas en la antigüedad, ni tampoco las lastimaduras en la cara que se causan entre ellos, sino cuando advierten en su camino, a un sin-paraguas. Esto es como activar una célula terrorista en stand by.
Los sin-paraguas somos todo lo contrario a los paragüeros, vivimos porque el aire es gratis, no nos importa nada antes de salir de casa, curamos en lugar de prevenir, atamos todo con alambre y nos mojamos camino a casa o al trabajo cuando llueve. Y la sociedad discrimina y no perdona no ser precavido, y esto se manifiesta de muchas maneras. Un sin-paraguas entra a un comercio chorreando agua y barro por todos lados, dejando una huella en los pisos inmaculados, y mientras busca un trapo para limpiarse los pies, y se sacude el pelo como un perro, siente los rayos de las miradas de los del interior del lugar, y entonces el sin-paraguas con los ojos siempre bajos, esboza una sonrisa que tácitamente pide perdón a todos los presentes por su aspecto y sus húmedas vestimentas.
Dicho esto, volvamos a la inseguridad que se da en las calles los días de lluvia. Los paragüeros, cuando nos ven en su camino, nos acechan con sus armas blancas, nos aterrorizan con las sombras que produce el paraguas en sus caras, y nos persiguen, nos empujan a la calle, donde nunca falta un taxista que pasa agresivamente a toda velocidad a centímetros del cordón de la vereda, en donde se acumulan miles de litros de agua, y entonces, una ola de agua y barro de un metro y medio se nos aparece de golpe y nos empapa completamente.

Por todo lo expuesto, es preciso declarar de interés nacional, que sólo los paragüeros trabajen los días de lluvia. Nosotros, los sin-paraguas, nos quedaremos en casa, mirando películas y tomando mate con tortas fritas.